Hay dias en los que me pierdo, no lo tomes personal. No es tu culpa, ni la mia. O no sé, capaz que un poco mía si, pero me gusta pensar más que es algo que no puedo controlar. Que de alguna forma u otra siempre existió, y siempre me va a acompañar. A el kilombo mental me refiero. A todo eso que no tengo idea de donde viene, pero que una vez o dos por mes aparece y se propone no dejarme en paz.
La mayoria de las veces ni siquiera comprendo qué es lo que está mal. Porque así se siente, como si algo estuviera mal, fuera de su lugar, molestando, irritando, provocando el huracán. Pero es un algo imposible de divisar. Y como no sé que es lo que me incomoda, no puedo remediarlo.
A lo largo de los años aprendí a convivir con el desastre, con esa parte de mí que nunca está del todo conforme o feliz, con esa parte que siempre tira para que todo esté mal. Aprendí a convivir porque aparece una vez cada tanto y porque en realidad no puedo hacer otra cosa que esperar a que pase. A que se calme, me deje tranquila, desaparezca.
Antes le hacía demasiado caso a esos días y terminaba enredada en un mar de dudas que no me dejaban avanzar. Hoy (y gracias a la experiencia) sé que seguramente se trate de miedos, cualquiera sea su tipo. Al amor, al compromiso, al sufrimiento, a la traición, a ser feliz.
Ya no les hago caso.
Espero que vos tampoco.
A veces, como hoy, estoy fuera de foco. Irritada, confusa, contrariada. Nada de lo que hagas o digas va a ser suficiente. Todo va a ser retorcito para el lugar que le convenga al desastre.
No hagas. No digas.
Hacé como que no existe, igual que yo.
Sonreíme igual que siempre lo haces, aunque yo tenga cara de desquiciada.
Dame un beso igual que siempre lo haces, aunque yo no lo pida ni con la mirada.
Procurá que todo se mantenga igual, porque la tormenta tarde o temprano pasa, y eso es justo lo que más quiero: que todo se mantenga igual.
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